Rojo, verde,
negro y blanco colores de una bandera;
de la bandera que miran extasiados
quienes bajo el cielo gris, con el fusil en la mano,
confían en el milagro. Bandera que ilumina
vidas de tantos que en la pradera aguardan
la luz que les regalan palabras engendradas
con dientes, sangre y manos; palabras que se entregan
al aire y a los vientos, que vuelan y penetran
los oídos atentos y los corazones desamparados.
Gozan pese al fusil entre las manos porque ahora comprenden
el gris del cielo, el verde de los campos,
el blanco de la carne, el negro de la muerte
y el rojo de los labios.
Esto surgió como comentario hace tiempo en el facebook de Eugenia Rico. Ahora, viendo por casualidad estos vídeos lo he recordado.
desgarran las neuronas
con suavidad.
El mundo se vuelve aguja
que penetra los oídos,
atraviesa el cristalino,
llega al centro del cerebro
y se convierte en gusano
que crea laberintos
entre mis pensamientos.
Inmóvil aguardas
el fin de la náusea.
Que el sol se apague,
llegue la noche,
muera la luz.
Pero sigues pensando,
recreando el mundo,
reiterándolo,
repitiéndolo.
Sigues formando
en tu mente
criaturas,
muerte.
Detesto las bufandas, detesto los fulares, detesto los pañuelos palestinos. Detesto todo lo que se retuerce y rodea los cuellos, y cae desvaído sobre los pechos vacíos. Superfluos los adornos que tapan lo que importa. Yo quiero un cuello desnudo. Y altivo, sin temor a la soga, a la cuchilla, al viento, al frío, al paso de los años. Yo quiero un cuello esbelto. Tu cuello es lo que quiero.
Cuando finalmente, oh diosa, te dignes a visitarme
encontrarás las puertas cerradas
los muros cubiertos de escarcha.
Tan sólo el vaho responderá a tu aliento.
El hielo será tu compañero.
Yo, entretanto, te esperaré, inmóvil,
con el corazón en la mano,
latiendo
Verde y húmedo el paraíso
de la infancia recobrada
que pensaste eterno
cuando aún no sabías
lo que era el tiempo.
Los árboles son copas en vitrinas;
el arroyo es un sueño azul, perdido;
la niebla pasa sobre tierra y huertos;
el estiercol y las cinias se acompasan misteriosamente.
Ojos de niño beben la llovizna
al calor de la casa inquebrantable.
Ahora todo ocupa su lugar
en el universo imperfecto.
Ventanas sin cristales
y puertas abiertas
dejan pasar el viento,
que agita las cortinas
en el silencio indiferente.
Todo lo que es
deja sabor a nada
en el aire inexistente.
No me acuerdo de cómo llegué al blog de Jose Zúñiga, tampoco me acuerdo de cuándo fue; me parece que en el 2008. El caso es que me quedé enganchado a su "Tiempo a destiempo". Un poema cada día, un poema diferente: sonetos, alejandrinos, romances, rima libre, noticias de prensa cortadas como poemas... y, sin embargo, siempre Zúñiga. Zúñiga manejaba muchos estilos pero un solo lenguaje, el suyo. Era un poeta con estilo propio, un estilo que sabía verter en los moldes más diversos.
Comencé a comentarle algunos de los poemas; el respondía a los comentarios (qué tarea la suya, siempre atento a poner unas líneas a cada uno de los que se pasaban por sus versos); comentó algunas de las cosas que yo colgaba en mi blog, me dio muy buenos consejos... Fue una relación casi exclusivamente virtual. Nos vimos solamente dos veces. La primera en diciembre de 2009. Aprovechando que yo estaba en Madrid quedamos para comer. Hablamos de poesía, de literatura y un poco también de Derecho, porque José Luis Zúñiga -que se presentaba a si mismo como funcionata- era también un jurista, funcionario de uno de los cuerpos más prestigiosos de la Administración y que había publicado trabajos de títulos tan sugerentes (para ser obras sobre leyes) como "Algunas reflexiones en torno a las valoraciones catastrales", "Comentarios a la legislación de viviendas de protección oficial" o "Perversiones intrínsecas del proceso de valoraciones catastrales".
Pero éste, desde luego, no era el auténtico Zúñiga; el Zúñiga que aprendimos a amar y admirar es el cantautor y sobre todo (para mí) el poeta. Disfrutamos con su "Besos y gatos", tan reciente, con sus libros de poemas y con su blog, tan rico, tan variado. No tuve la suerte de conocerlo en su faceta de frecuentador de baretos, de tertuliano; y lo siento; pero solamente el gozo de casi cada día leer su poesía o sus relatos es suficiente para profesarle una admiración sincera.
La segunda (y última) vez que le vi fue el 25 de marzo, en la presentación de su último libro de poemas. Fue una casualidad afortunada la que me permitió estar allí; llegué por los pelos; pero pude acurrucarme en una esquina y disfrutar del calor de sus amigos, del cariño de los que allí estaban, entregados a un poeta único, bueno en todos los sentidos de la palabra. Disfruté y me emocioné, como todos; y gocé con un Zúñiga al que ya sabía enfermo pero que, misteriosamente, parecía el mismo al que había visto hacía más de un año. La lectura de su último poema fue el punto culminante a algo más que una mera presentación.
Unos días después me llegó un correo de Paloma, y al poco otro. Al día siguiente, lunes, 4 de abril, en el blog de Nares Montero leí una entrada que me conmocionó. La releí y comprobé que no decía de forma explícita lo que me temía y removí blogs aquí y allí hasta que la noticia se confirmó. Por los blogs me llegó la certidumbre.
Se ha cerrado el círculo. Nos quedan muchas cosas, y entre ellas ese extraordinario último poema que leyó el 25 de marzo; poema que es testamento y testimonio. En el último correo que le envié le decía "el último poema que has leído, el que dices que no vas a publicar, es extraordinario. Me gustaría verlo por escrito para poder releerlo. Sabes que me gustan mucho esos poemas tuyos que aprovechan lo mucho de emocionante, trascendente y poético que tiene la religión. Tengo la sensación de que éste te ha quedado redondo". En realidad ya lo había leído. Acabo de comprobar que lo había publicado en su blog el 11 de marzo de 2009 y luego también el 22 de marzo de 2010. A continuación dejo el vídeo con la lectura del poema.
Cierro esta entrada con el poema que escribí para él el viernes, 1 de abril. Al final incluyo un "autocomentario" que es, en realidad, una dedicatoria, una sentida dedicatoria a quien ha sido para mi un maestro.
Solo un héroe
Todos somos héroes,
todos los que vivimos.
Todos los que vivimos somos héroes;
y algunos lo saben.
Jugar a la pelota
en el patio hostil
de un colegio gris.
El miedo a no tener,
el miedo a fracasar,
¡estudiar!
Entre las sombras yace
el no durmiente,
se agita y lo aplacas
por un tiempo.
Y eres feliz
¡cómo no!
lo eres.
Sabes cosas
con las que gozas
y te gozan.
Y el mundo es perfecto
por un tiempo,
por un momento
eterno,
eterno,
eterno.
El tiempo sin tiempo
perfecto.
Una vida de héroe, sin duda.
Amigo Zúñiga. Como verás he jugado (ya lo hice en otras ocasiones) con algunos de tus temas. En este caso son muy evidentes; me gustó mucho tu poema en el que acabas con esa frase: "Vida de un héroe", siempre me recuerda el poema sinfónico de Strauss, y me imagino que a ti también. Quise que fuera título y final porque si me tuviera que quedar con una sola de las muchas cosas que creo haber aprendido leyéndote sería ésta: la heroicidad que surge de la fidelidad a una vocación, la de contar, sentir y hacer sentir; la heroicidad que surge de ser consciente de lo que significa vivir. Quizás es el mismo tema de "Empieza un nuevo día y hablo solo" que también me gustó mucho. He juntado las dos ideas en el título.
El otro elemento que te robo es esa preocupación por el tiempo, y sustituyo tu tiempo a destiempo por el tiempo sin tiempo para llegar a la eternidad, que es mi forma de ver ese devenir que a ti tanto te interesa.
Ayer leí un poema de Susana Corullón que me gustó mucho, "Pequeña muerte". Luego me puse a escribir lo que sigue, que no tiene ninguna relación con lo que ella escribió; y sin embargo al final el título de su poema sirvió para rematar lo mío. Es de justicia reconocer su influencia.
Barra de hierro frío,
negro brazo rígido,
trozo de madera,
destellos apagados
al otro lado de la carretera.
Un peso sobre el hombro
te sepulta en la ciénaga.
En el cielo azul
brillan las estrellas;
la vista nublada
y los destellos fríos
al otro lado de la carretera.
La vida está hecha
de mil muertes pequeñas.
Esto lo escribí hace tiempo como comentario en facebook (y creo que también en el blog de Jose Zúñiga, "Tiempo a destiempo"). Era por Todos los Santos y el Don Juan era un "trend topic" en el que yo no pude evitar caer también...
Retomo hoy esta entrada de hace un año en recuerdo de las víctimas, de todas las víctimas.
Una mano pequeña
te agarra como ancla;
es tan sólo un recuerdo
en la fría mañana.
Otros recuerdos vienen,
son los que te acompañan
desde aquel otro día,
gris mañana lejana.
Otra mano a lo lejos
que por ti se agitaba;
El asesino azul
tranquilo te aguardaba.
Pero antes las piedras
con sangre han sido untadas.
Él quedó en el camino
y en tu alma su mirada.
Ahora la estás viendo,
aquí, en esta mañana,
definitiva, ardiente,
caótica y extraña.
La sal seca la boca,
la ropa está mojada,
horizonte lejano,
miedo al crujir las tablas.
Regresabas del campo
cuando viste las llamas
cuando oíste los gritos,
tu nombre pronunciaban;
un silbido en el aire
te trajo la desgracia.
Aceptas el periódico
que en el metro regalan
te aprietas contra tantos
que el mismo aire exhalan.
¿Acaso hay diferencias
entre los que para vivir trabajan?
Una mano en el culo,
tragas saliva, pasas.
Los ojos distraídos
se fijan en su cara.
Guapa, morena, pálida.
Le clava la mirada,
ella también le mira,
parece contrariada.
Quiero olvidar su gesto
cuando el café tomaba,
y el sabor de su piel
cuando con él follaba.
Hoy acabo el informe
y hago ya la llamada.
Si estamos a primeros,
otro mes sin la paga,
cogeré los ahorros
para el envío a casa.
Es guapo el tío negro,
lástima que no vaya
por donde yo me muevo;
que baje en mi parada,
le sigo, me lo cruzo,
caída de pestañas.
¿Y el móvil, dónde está?
Como cada mañana
entra en la habitación,
igual que la dejara el día de desgracia;
bueno, hecha la cama.
La arregló el mismo día
al regresar a casa.
Vio en la mesita el móvil
que entonces olvidara
encendido y abierto;
y que ahora muerto también estaba.
En el Cielo tus hijos
están, a ti te aguardan.
Grita y golpea airado
ante las cajas blancas,
blancas como el metal
del cajón en que viaja.
De pie echa la cuenta
de lo que aún le falta
para acabar el pago
de la pierna moderna
que a su hija regala.
Sabe que allá muy lejos
ella por ella aguarda.
Ahora busca sombra
donde antes jugaba
¿Cuánto dinero cuestan
de un pájaro las alas?
Las manos en los guantes,
todo fluye y encaja,
incluso el traqueteo
con su mente acompasa.
Tranquilo en su palacio
goza de la mañana.
De nuevo han fracasado
los que la paz pactaban.
Superficial artículo,
por algo lo regalan,
luego lo mirará
en...
...y todo estalla.
Sí que es malo el café
del bar de la parada;
pero ella que no tiene
se siente como en casa
entre ruido de trenes
y churros en la barra. De repente el estruendo y el mundo que se acaba. No te puedes mover, estás petrificada. El bar es un dibujo de gente estupefacta. Tiras del compañero, hacia el andén avanzas. Del túnel salir ves el primer cadáver de la mañana. Rojo, azul, alarido; del infierno la entrada. Tienes que ir, ahí.
Oscuro alrededor, agua y sangre en la espalda. Echa en falta su guante, la mano que guardaba y el brazo que movía el mundo en que gozaba. Fulgores de linternas, una voz que le llama. Vio el fuego, oyó la bomba; la chica se quemaba, su rostro se fundió; el fuego rojo avanza hacia él, indefenso, la llama ya le mata. En las piernas temblor, los hierros ella salta,
la sigues, entras, rezas.
El silencio en la carpa vuelve sólido el aire. Muchos allí trabajan y casi nada se oye; tan solo las llamadas en los móviles vivos, triste y vacua humorada entre cientos de muertos.
Ve la sábana blanca, encima una tarjeta alguien ya la levanta.
Pues sí, ha sucedido un mundo así se acaba.
Unos ojos cerrados, sangre seca en la cara, no más mañanas juntos perreando en la cama. Muchos años después aún recuerda aquella blanca mortaja, de la que es una copia la que la luz le tapa.
Llevas en ti la muerte y un recuerdo en el alma. El dolor es más fuerte, sientes como te abraza, casi te reconforta en esta hora amarga. Si tus hijos vivieran... los sientes a tu espalda, pronto serán reales; muerte en vida tornada. Hoy tiemblan los maestros que a las cinco aguardan a los que recogen esta preciosa carga. ¿Alguno no vendrá? No aguantan las miradas que los chavales serios asustados les lanzan.
La estación está cerca, los pasos no engañan. Primaveral calor de la luz en la cara; fúnebre negra máscara. Color de la mañana, que tras ella se oculta, ven a mi y me regalas tan solo dos minutos para ver la muchacha, perfume penetrante, que tan suave me habla.
En la noche les guie. Bajamos la montaña batiendo el corazón en el frío y el negro. Masticaba la niebla, olfateaba el aire helado y gris, caía la nieve en nuestras espaldas. No erraba en el camino que llevaba hasta el valle. Ninguno se perdió y pudimos vivir otro verano más. ¡Hace tanto de esto! Fue en el tiempo olvidado, antes de que empezáramos a encarnarnos en hombres.
Me apetece recuperar una entrada de hace más de dos años que, no sé por qué, es de las más atacadas por los comentarios spam, esos que no saben de dónde vienen y que se limitan a incluir links para otras cosas. Gracias a esos comentarios, que me son comunicados en el correo, la tengo presente semana sí y semana también. A ver si en esta nueva ubicación recibe únicamente comentarios de amigos (reales y virtuales).
Un mundo desnudo de palabras. Un niño sentado a la puerta. Espera. Una calle, en un barrio, en una ciudad de cemento de almas atrapadas, cansadas. Un niño que espera sentado a la puerta de una casa cualquiera. Tarde de cielo gris. Hora de nada. Mira la calle para verla cuando llegue con su falda, sus caderas, su sonrisa, blanca y fresca; para besarla y olerla y quererla. Y tiene la esperanza de que la noche no venga y hoy pueda verla. Pero llegan y se lo llevan y en el coche piensa: ¿y si es verdad y está muerta? mientras las sirenas suenan.
En la mañana fría,
en medio de pirámides
de berenjenas, coles y naranjas;
patatas, lechugas, pimientos verdes;
en medio de puestos que giran,
en medio de fracasos inconscientes;
en medio de sonrisas ladinas,
de gritos desmesurados;
de gruñidos animales
de ropa sin lavar,
en medio del sudor,
en medio de rosas falsificadas;
en medio de lo que llaman vida,
un fragmento entre sangre y estertores.
En medio del mercado
alzo la vista al cielo.
Tras las fachadas descuidadas
se adivinan los retretes y la mierda;
en medio de las pirámides de berenjenas,
de lechugas, coles y patatas;
en medio de los puestos que giran.
En medio de todo eso
siento el cuchillo y la náusea;
y prefiero el cuchillo frío,
el cuchillo afilado;
prefiero la sangre limpia
al pus, al vómito, a los excrementos;
prefiero la sangre como agua fría
a viscosas excreciones.
Lo prefiero.
Súbita luz que me rodea, toda; los párpados cerrados; inicio de un ascenso. Flota en la noche. Tersos canalillos de sangre rosa contra el blanco y la carne. Tu peso se diluye en la cabina, que sisea cortando el aire negro. Si ella llegara y tú ya no estuvieras, si te visitara, ¿lo sentirías? ¿o tan solo desaparecerías? En las noches siniestras en que viajas estás tan profundamente cansado que si no fuera por los otros, los otros pasajeros, claro; te dormirías. ¡Adiós!
El viernes pasado Eugenia Rico propuso en su facebook un juego que me pareció divertido; ella escribía el principio de una historia y luego quien quisiera la continuaba. Fuimos varios los que nos animamos a jugar y durante esta semana han ido apareciendo en la página de facebook de Eugenia las distintas continuaciones en distintas entregas. Como las continuaciones han ido apareciendo en forma de comentario a distintas entradas el resultado es un tanto caótico, por lo que a Eugenia Fernández Checa (otra de las participantes) y a mi nos ha parecido que podía ser buena idea colgar los relatos acabados en algún blog para que fuera más fácil leerlos. Ella ha colgado el suyo aquí y yo cuelgo el mío aquí.
El capitán se alzó y comenzó a contar su historia. Eran dos mujeres muy hermosas y viajaban solas en un camarote de primera clase. Eran hermanas pero parecían madre e hija porque una de ellas estaba muy enferma. La que no estaba enferma era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. (Eugenia Rico)
Y sin embargo, fue de su hermana de la que me enamoré. Cuando las invité a mi mesa sonreía ante los platos que no podía siquiera probar y me miraba con ojos dulces y lejanos: Parecía decirme: "no me desees, ya no soy de este mundo"; pero yo me hundía en ellos sin poder evitarlo.
Cuando cruzamos el Ecuador la besé bajo la noche de dobles estrellas. Creí tener entre mis brazos un pajarillo.
Murió antes de llegar a nuestro destino. Su hermana no se opuso a que entregáramos su cuerpo al mar. "Mejor así -dijo- "sin lápida que la recuerde".
La miré sorprendido, mis ojos enrojecidos se fijaron en los suyos, fríos, tan parecidos a los de su hermana y, sin embargo, tan diferentes... (el relato completo aquí)
Cuando llegaron a Berlín había transcurrido más de un mes desde que habían puesto el pie en Calais...
(...) Por supuesto que Sara tenía más preguntas; pero todos sabían que la entrega de aquel papel era el punto final de la entrevista. Un taxi, cortesía de los Bülow les esperaba a la puerta para llevarlos hasta el hotel. Se había hecho tarde, la noche venía del Este y devoraba las calles y el corazón de Sara.
La brisa hacia flamear levemente las cortinas y el sol se colaba por las rendijas que iban dejando en su ir y venir. La habitación estaba en calma, se oían amortiguados trinos de pájaros que venían desde el patio del hotel y más allá aún un leve rumor de conversaciones en las que se mezclaban los idiomas. Pero todo eso estaba lejos; allí, en la habitación, tan sólo existía la luz cálida de la mañana y el suave devenir del tiempo en el que uno puede gozar sin prisas del calor de un rayo de sol sobre la piel desnuda... (también puede leerse aquí)
El sol del verano golpeaba con fuerza la superficie de la laguna veneciana. La luz era tan intensa que semejaba niebla que cubriera los edificios de la ciudad frente a ellos. Sebastian y Sara paseaban protegidos por sombrillas y gafas de sol cerca de la terminal del Vaporeto...
(...) Sabía que su historia estaba construida sobre mentiras: o bien le había mentido Ana, o bien mentían los papeles que decían que ella era su madre; había mentido el capitán cuando le había ocultado que su padre vivía y quizás habían mentido también Heinrich y Magdalena. Y ciertamente, ella también había mentido, y ella también mentía. El impulso de averiguar la verdad había sido poderoso, muy poderoso; pero la mentira parecía consustancial a su historia; la había acompañado desde antes de nacer, y ni siquiera fue capaz de intentar averiguar la verdad sin mentir.
En todo el mar de mentiras que la rodeaban solamente había dos cosas ciertas: su padre era Carl Bülow y ella estaba embarazada; pero esto último aún no se lo diría a Sebastian, mentiría un poco más.
Las personas acomodadas descansan a la orilla del mar, toman cócteles con vistas a la arena, a los espejos azules; y el sol no les broncea bajo sombrillas cimbreantes. Gafas de sol y ropas de lino sobre cuerpos sanos, delgados; las manos juegan con copas delicadas y los labios definen el contorno inmaculado de ambrosías sutiles, exquisitas. La tarde perfecta se suspende durante instantes eternos; los cuerpos tiemblan en la brisa que entra por la ventana abierta, espaldas y pechos yacen sobre sábanas blanqueadas, en habitaciones de cortinas mecidas por el aire limpio que sopla venturoso desde las aguas rielantes del océano.
Es el océano negro cuando llega la noche, las estrellas lejanas tililan como esperanzas. Angustia la vigilia por el sol de la mañana. Aspiramos con fuerza el aire en busca del olor de jazmines y de galanes; de sal y de hierba; los olores. La fiesta ha concluido y un cuerpo agotado yace sudoroso entre sábanas frías junto a la ventana abierta. Cimbrea mojado al son de los cristales movidos por el viento. El gusano ya ha comenzado a trazar su camino serpenteante; desde la punta del pie, liada entre arrugas creadas en sueños, por el centro de la pierna retorcida, acalambrada, atrapada; a través de la ingle exangue, abandonada; hasta la cabeza.
El cuerpo se vuelve fardo y montura cuando la nada envuelve el corazón que late perdida ya la razón en medio de la noche más oscura. Quien aguarda la cita que más dura enloquece al oír una canción, se estremece con la carnal pasión, sufre al verse al final de su andadura. Tendido en el lecho pasan las horas lentas, dolorosas; plomo en las sienes. Aguarda las mañanas cegadoras; cuenta lo que has ganado, lo que tienes. El día no temas; las turbadoras presencias te dicen: "ahora vienes".
El primer rayo de la mañana, rojo, no es aún suficiente; solamente cuando el sol luce en el cielo y el agua brilla se levanta el hombre acomodado de su letargo. La brisa del mar trae perfumes salados y frescos, el zumo está junto a su mano y un cuerpo suave a su lado. Ha despertado.
Mide el hueso y apunta. Libreta y bata, blancas y ceras. Luz clara de la tarde en las estancias quedas. Polvo bajo las uñas, amarillo en el cielo; se vacían las cuencas; el tiempo corre en relojes de arena. Hace su tarea el gusano, deshaciendo la carne en la tierra. Arriba pican terrones y hablan de la guerra. Mañana gris, aire de la sierra. El alba ha visto mujeres llorando monte arriba, en el bosque, cerca del santo. Barro húmedo y negro sobre corazones tibios. Los últimos latidos los dieron bajo tierra. En la noche tiemblan, buscan los ojos una esperanza, baten los corazones, aguantan las tibias el peso de la carne que aventuran ya muerta. Repara en que en el hueso se ha prendido la punta de una estrella.
Frío y tristeza en la ciudad lejana.
Caminos retorcidos en un mapa
dibujado con calma, capa a capa.
Acostumbrarse a ver por la ventana
cómo pasa la dicha más cercana;
sentir que el corazón todo lo tapa;
asumir que el orgullo ya te atrapa.
Viajas hasta las fuentes en que mana
ciencia, prestigio, gloria, plata, honor.
Llegas y solo encuentras a un extraño
reducido a gozar con el calor
de estufas encendidas todo el año,
de vacuas referencias sin sabor.
Ecos suaves, tranquilidad de antaño.