Entrada destacada

Libre

sábado, 25 de marzo de 2017

No puedo remediar

Hace un par de días Manuel Moriarti escribía esto:

"No puedo remediar que me gusten la lluvia y los ríos caudalosos. Desde que me fui de allá arriba no veo casi nunca llover. Llevo dos años casi sin ver caer agua más de un par de horas (y tirando por lo alto). Tampoco tengo suerte cuando vuelvo a casa. A todo el mundo le toca algo menos a mí y estoy harto. Ayer me vine de Barcelona y ahora me decís que allí hay invierno. Disfrutadla y poneos la gabardina que yo guardo en el armario."

Me gusto mucho ese inicio, "No puedo remediar que me gusten la lluvia y los ríos caudalosos". Me parecía que había algo evocador en esas palabras. Así que me animé a continuarlas

No puedo remediar
que me guste la lluvia,
los ríos caudalosos...
el gris en las montañas,
el olor de los prados,
del musgo infantil.
La mano de mi padre en la humedad,
entre bosques y helechos,
tras la casa y el hórreo.
No puedo remediar
el brillo en los ojos al evocar
las tardes oscuras de mi niñez,
la cocina, la leche, el café.
No puedo remediar
del norte y el recuerdo
lo que fue.



sábado, 7 de enero de 2017

Todos nosotros (otra vez)

Se arreciman encogollados sobre ocres barras de hierro
y gritarían su tristeza al viento
entre basuras y excrementos;
olor primordial, esencial.
Un cielo oscuro contra el mar inmóvil.
Las noches sin luna todo lo engullen.
Vomitan su negro sobre farolas de luces amarillas,
sobre ciudades de alquitrán y cemento.
El mundo se rasca los piojos apelotonados en su cabeza,
como manadas de cebras
huyendo de uñas grasientas.
Crecieron, se multiplicaron y movieron,
llegaban hasta el mar y se preguntaban
¿no hay más? y allí esperaban
escondidos en la sombra,
aguardando bajo alambres de espino.
Perdieron el recuerdo del calor de los bosques,
el sabor de la sangre en las manzanas.
Olvidaron el crepúsculo en las tendidas praderas,
el aire en el rostro, el cielo sobre la cabeza.
Escaleras estrechas, letras en los ascensores.
"Sí cabemos, nos apretamos".
Intimidad sobre el linóleo despegado;
cebolla, brillantina y heces;
ojos húmedos, furtivos, indiferentes;
cáscaras que se repelen.
Chabolas con suelo de tierra preceden a las paredes de doble papel,
las ratas quedan atrás y debajo;
resbalan en pulidas tuberías de acero
que llevan el gas a quienes viven encogollados sobre ocres barras de hierro
y mueren en la noche de llamas y explosiones,
igual que poemas inacabados.
En días muy tristes y, por desgracia, casi indiferentes.